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FOTOS: FRANCISCO GONZÄLEZ G.
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Sus petroglifos lo demuestran, fue un centro ceremonial muy importante para los panches, el grupo indígena que habitó la región antiguamente. Pero hoy es un espacio digno de admiración por sus bellos paisajes y por los diversos atractivos que pueden contemplar quienes lo recorren en largas jornadas de caminatas culturales, lúdicas y de reflexión ambiental. Es el Cerro del Quininí, declarado como área de reserva forestal protectora en 1987 mediante acuerdo del Inderena y resolución del Ministerio de Agricultura.
Durante su ascenso se encuentran farallones de gran altura, extensas áreas de bosques nativos, algunos caminos indígenas de vieja data y los nacimientos de diversas quebradas de la cuenca de los ríos Los Panches y Pagüey, que proveen de agua varios acueductos de las zonas aledañas. La cima es el lugar preciso para divisar con claridad un espléndido panorama de la gran naturaleza que circunda el sector: el valle del río Magdalena.
En “La Montaña de la Luna y de la Diosa Quininí”, como llamaron los indígenas al cerro, hay muchos sitios que revisten gran interés, entre ellos la Piedra del Parto (allí los guerreros recibían a sus hijos), la Piedra de Lavapatas (donde se purificaban para los rituales), la Piedra del Gritadero, el Pico del Águila y las Cuevas del Mohán y de los Panches, lugar escogido por estos indígenas para esconder sus armas y sus tesoros, y donde se localizan osamentas humanas, probablemente porque allí realizaban sus ritos funerarios. |
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TEXTO Y FOTOS: REVISTA V&A
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Allí, en un rinconcito del occidente colombiano, en plena frontera con Panamá y lejos del mundo citadino y sus acostumbrados afanes, se encuentra esta pequeña bahía del mar Caribe, especialmente encantadora por sus aguas cristalinas y por sus formaciones coralinas. Sapzurro, su nombre original, en lengua kuna quiere decir “Bahía poco profunda y montañosa”.
Y en efecto, es muy poco profunda (tiene tan sólo 30 metros de profundidad), pero cada día regala, además de hermosos amaneceres, un impactante contraste de colores formado por el azul de su cielo, la transparencia de sus aguas, el blanco de la arena de sus playas y el verde de su selva virgen y de su espectacular cadena de pequeñas montañas que visten de alegría y fiesta el paisaje.
La tranquilidad es el mejor aliado para disfrutar de un encuentro cercano con la naturaleza en un lugar que ofrece múltiples opciones ecológicas terrenales, pero también marinas, porque es una zona apta para practicar el buceo (especialmente entre abril y noviembre) y descubrir el encanto de sus cuevas submarinas y de los extensos arrecifes coralinos con la variada fauna que en ellos se encuentra: rayas, caballitos de mar, pargo, pez reina, mantarrayas, isabelitas, tortugas, calamares, peces tropicales, entre otras especies.
Sus pobladores, muchos de ellos pescadores, están atentos a servir al turista e indicarle los lugares que no puede dejar de visitar y los restaurantes en los que no puede dejar de saborear su exquisita y típica gastronomía. Algunos visitantes se hospedan en sus casas porque saben que siempre serán bienvenidos en uno de los destinos turísticos más llamativos de la región.
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