A pesar de que aún está oscuro, el albergue se va animando con las luces de las linternas frontales. Mientras algunos peregrinos empiezan a levantarse y a prepararse para la jornada, sonoros ronquidos se escuchan en los rincones aún en penumbra. Antes de calzarse las botas cubiertas de polvo, se impone la última revisión a las ampollas de los pies. Algunas tienen mal aspecto pero eso no importa, ¡hay que continuar! Cuando el morral está listo, las sigilosas figuras se deslizan hacia el exterior y empiezan a caminar. Hace frío, pero el problema es transitorio. A mediodía el calor será insoportable y los extensos campos amarillos y sin árboles se asemejarán a un desierto. En estas duras condiciones, miles de pensamientos cruzan por la mente del caminante y cada uno de ellos forja un camino paralelo. Los albergues, los compañeros, los pueblos, las iglesias, las comidas, los paisajes, cada elemento del Camino va tejiendo una red de emociones que cobran toda su magnitud y profundidad cuando se llega a la Catedral de Santiago. Semanas, meses o incluso años después, el corazón del peregrino vivirá el recuerdo de cada instante con mayor intensidad. El Camino de Santiago es un fenómeno de masas, pero en definitiva, es el Camino hacia el interior de cada individuo.