TEXTO: GUSTAVO WILCHES-CHAUX
FOTOS: ANDRÉS HURTADO GARCÍA
Este proceso, que hoy se reconoce como irreversible, es la reacción “normal” de ese organismo vivo que es la Tierra, al incremento de los gases de efecto invernadero (GEI) que los seres humanos hemos emitido desde los inicios de la “revolución industrial” y que, a pesar de todos los golpes de pecho, de las conferencias internacionales y del rating mediático del tema, hoy seguimos produciendo y emitiendo de manera compulsiva. Sencillamente porque el desarrollo tal y como lo hemos entendido está estrechamente ligado al uso de combustibles fósiles, a la agricultura y a la ganadería industrializadas, así como a otras actividades que generan gases de efecto invernadero y que en consecuencia contribuyen al calentamiento global del planeta. La vida de la gran mayoría de los casi siete mil millones de seres humanos que hoy existimos, de una u otra manera, está ligada a esas emisiones.
No es imposible que ante las evidencias contundentes que nos está presentando la Tierra, el modelo de desarrollo cambie en el futuro, pero eso no va a ocurrir de manera fácil ni mucho menos de forma inmediata. Y aunque lo hiciera, los gases de efecto invernadero que ya están en la atmósfera van a permanecer allí y sus efectos se van a sentir durante los próximos 100 años (o mil años, según otras opiniones).
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