______________________Ultima actualización: 27 de mayo de 2011________________________________________________________________________________________
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Los Montañistas somos los Seres del Retorno. Así titulé mi más bello texto de montaña y lo dediqué a Arturo Romero Palacios, el gran alpinista y escalador español fallecido en el Diran Peak, un ‘siete mil’ del Himalaya. Era mi hermano del alma. Con él vivimos amaneceres y ocasos millonarios en luces desde la cumbre de muchas montañas en España y en Europa. Se quedó para siempre al descender de la cumbre del Diran Peak, luego de haber coronado la cima. Nunca apareció su cadáver, barrido por una avalancha. Con él ascendieron a la eternidad otros dos compañeros.
Lo estoy recordando ahora y siempre porque una revista me pidió que escribiera sobre siete lugares de Colombia donde es posible desconectarse de teléfonos, televisores, radios, revistas, automóviles…del bullicio, de las multitudes y donde se pueda vivir intensamente en soledad las fiestas de fin de año. No solamente escribí sobre esos paraísos sino que me fui, como lo hago desde hace 40 años en estas fechas, a uno de los parajes escogidos, la Sierra Nevada del Cocuy y de Güicán, el conjunto de montañas más bellas de Colombia. Allí vivimos la Navidad y recibimos el año 2011 entre fríos glaciales, soles duros, vientos indómitos y paisajes de indefinible belleza.

Era , pues, un Retorno a la Montaña. Estos pequeños retornos se
inscriben en el Eterno Retorno que todos los seres cumplimos, cada uno de diferente manera. Mis compañeros fueron los Guías Ecológicos del Proyecto Ambiental del Colegio Champagnat de Bogotá, pionero de la educación ambiental en Colombia. El proyecto se llama ‘Champagnat Ama la Tierra’ y su eje central es el contacto directo de los estudiantes con la Tierra en sus más bellas manifestaciones: páramos, bosques, lagunas, montañas, selvas y…caminos reales. Fueron: Wilfredo Garzón, Mauricio Soler, Yiovany Castro, Andrés Morales, John Romero y los hermanos Daniel y Jaime Delgado que llegaron a la Sierra para los últimos días.
Wilfredo ha escalado el Aconcagua y el Kilimandjaro, hizo a pie el Camino de Santiago y ha recorrido, también a pie, en dos ocasiones, cada vez durante 35 días, todos los Pirineos, la cadena montañosa que separa a Francia y España y lo ha hecho desde el Mediterráneo en Cataluña hasta el Atlántico en el país vasco.
Nuestro destino era la laguna de la Plaza. Mientras el interior de Colombia vivía la más pavorosa tragedia de nuestra historia, causada por las inundaciones de la zona andina, la Sierra del Cocuy y un sector de los Llanos Orientales, permanecían ajenos al fenómeno. Partimos de Bogotá y en Soatá, Boyacá, abandonamos la vía normal por Capitanejo, pues estaba muy erosionada y pasando por el Puente Pinzón sobre el Chicamocha, subimos por Boavita, La Uvita, San Mateo, Guacamayas y Panqueba para llegar al Cocuy, que había sido elegido como el pueblo más bello de Boyacá, después de Monguí.
Nos hospedamos en casa de Alfredo Correa, hijo de Pastor, el legendario guía de la Sierra, que a sus ochenta años se conserva todavía lúcido y añora sus días cargando mulas, buscando caminantes perdidos en la alta montaña y siguiendo las huellas del oso. Al día siguiente ya estábamos caminando desde el Alto de la Cueva. La infaltable vista del Púlpito del Diablo, firmemente asentado sobre la cumbre del Pan de Azúcar, anima estos primeros pasos con los que los pulmones deben adaptarse a la altura. Don Miguel Herrera se encarga de llevar, en sus bestias de carga, nuestros morrales hasta la laguna. Doña Mercedes, su esposa, maternal y hermosa, nos desea Feliz Navidad allá arriba y nos ofrece aguadepanela. Liberados del peso nos dedicamos a gozar plenamente de cada paso del camino. “Y saben reconocerse en cada vuelta del camino, en cada flor, en cada insecto, en cada cosa”, dice mi texto sobre los Montañistas , los Seres del Retorno.
Así lo hacemos. Acariciamos los frailejones, mi flor preferida. Ellos saben de las noches que he vivido en la montaña. Noches que se cuentan no por centenares, sino ya por miles, a lo largo de muchísimos años, todos los que he vivido y los que me depare todavía el destino, desde que a la edad de ocho años no cumplidos subí por primera vez al Nevado de Ruiz. Mi vida sí, ( debo decirlo sin
pudor ) ha sido dedicada a la Montaña. Continúa en la edición impresa»

 

 

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