Nacido en medio del verdor lujuriante del Quindío, donde todo, cafetales, guaduales, potreros, todo es verde, profeso, sin embargo una extraña veneración por las “ocreidades” (me atribuyo la paternidad de la palabra) de los desiertos. Conozco, sin embargo, y este es un consuelo, a muchas personas decentes que profesan la misma veneración. Pretendiendo justificarme todavía más, declaro que no es lo desértico en sí y sus colores lo que venero, sino lo que su austera y augusta soledad suscita en el alma. La lujuria de colores de las selvas y montañas verdes embriaga los sentidos pero la adustez de las “ocreidades” de los desiertos y las zonas desertizadas grita al alma. ¿Para dónde voy con esta rimbombante y sincera declaración? Voy para los Estoraques de Norte de Santander. De paso, habiendo salido de Bogotá, rumbo al norte, en compañía de Wilfredo Garzón y Yovany Castro, descendemos hasta el Cañón de Chicamocha, otra zona desértica que quiero, pasamos por Bucaramanga y tomamos la planicie de
la Costa hasta llegar a Aguachica en el Cesar. Allí cambiamos de rumbo y torcemos hacia el este buscando la Cordillera Oriental. Nos detenemos un rato en Ocaña para admirar su magnífica iglesia y sus altares cubiertos con panes de oro y continuamos el viaje hasta llegar a nuestro destino, La Playa de Belén.