TEXTO Y FOTOS: ANDRÉS HURTADO GARCÍA
“A.Lizarraga 1901”. Así estaba escrito con carbón en una de las paredes de Machu Picchu. Fue, pues, Agustín Lizarraga, un campesino peruano, el verdadero descubridor de las ruinas de la ciudadela inca. Diez años después, Hiram Bingham llegó al mismo lugar. Era julio de 1911, fecha tenida como oficial para el descubrimiento. Lo mismo ocurrió con el descubridor del trasmisor del paludismo, el mosquito Anopheles. Fue el médico cubano Çarlos Finlay, hoy ya reconocido . Sin embargo durante muchísimos años se atribuyó el descubrimiento al militar norteamericano Walter Reed, que por ello adquirió fama universal.
Todavía estamos los colombianos esperando que nuestro sabio Caldas sea reconocido mundialmente por la ciencia como el descubridor del método de medir la altura de las montañas por la ebullición del agua, descubrimiento que hizo posteriormente un europeo y al cual se atribuye todavía.
Pero…dejando de lado las veleidades de la historia (tantas veces convertida en prostituta de la verdad) volvamos al centenario.
Hace, pues, cien años, un norteamericano, nacido en Honolulu en 1875 y muerto en 1956, historiador y explorador, muy interesado en la gesta libertadora de Simón Bolívar, motivo por el cual estuvo en Colombia y Venezuela siguiendo los pasos del Libertador, “descubrió” el 24 de julio de 1911 las ruinas de Macchu Picchu. Hiram hizo varios viajes, oyó las historias de los campesinos que lo orientaron, recorrió el mágico Valle de Vilcabamba, estuvo en las fabulosas ruinas incaicas de Choquequirau y llegó finalmente a Machu Picchu. Toda la vida lo rodeó la controversia por las piezas arqueológicas que sacó del Perú, gracias en parte a su amistad con el presidente peruano Augusto Leguía, piezas que fueron a parar a la Universidad de Yale.
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